miércoles, 31 de julio de 2013

La cueva de las flores.



Conocí a una linda y blanca nube que revoloteaba feliz por el cielo. Disfrutaba del sol,  de las estrellas, pero sobre todo de las caricias del viento que la transportaban allí donde su imaginación volaba.

A veces subía tan alto que tenía miedo a caerse y, rápidamente,  pedía a algún viento que pasaba cerca que por favor la bajara. Los vientos de las alturas la susurraban al oído que las nubes no se podían caer, que conocían a muchas nubes que subían y subían y nunca se caían, pero ella se fiaba más de su miedo que de los altos vientos.

Día tras día, la bella nube, se empeñada en subir más alto, pero siempre, en algún momento miraba hacia abajo y, el temor a caer, la hacía desistir de su empeño.

Un día, nuestra blanca y linda nube,  vio a otra nube subir y la siguió. Sentía mucha curiosidad por ver cuán alto podía llegar aquella otra nube. La nueva nube no era como las otras nubes que ella había visto. Esta nube tenía algo “especial”. No podía apartar sus ojos de ella. La nube que iba delante  se percató de que la seguían y el efecto al mirarla fue igual de hipnótico para ella. Ambas nubes siguieron y siguieron mirándose mientras subían y subían. Sin darse cuenta, llegaron hasta lo más alto del cielo.

Sorprendidas por no poder subir más, miraron hacia abajo y ambas volvieron a rogar a los vientos más altos que las bajaran. Nunca habían subido tanto y eso les hizo temer otra vez por su delicado ser.

Sin embargo las gustaba subir juntas, sin mirar al suelo. Poco a poco fueron perdiendo el miedo. Prácticamente sin darse cuenta,  el temor que antes sentían,  se fue  transformando en un sentimiento que, a medida que transcurrían los días, les hacía acercarse más la una a la otra

Tanto se acercaron que un buen día, llegaron a solaparse y a juntarse por completo. Si las mirabas, parecían una sola nube revoloteando alegre por el cielo.

Resulta que dos nubes blancas cuando se juntan mucho, se vuelven grises y provocan lluvia y,  si esas nubes son especiales, el agua que desprenden es un agua milagrosa, llena de magia, capaz incluso de generar vida.

Da la casualidad que nuestras dos nubes,  eran muy pero que muy especiales.

Día tras día, las dos nubes subían y bajaban felices y contentas por el alto y ancho cielo. Provocando, lo que todos llamaban, una lluvia de estrellas.

A las dos nubes les gustaba ir a una cálida cueva  llena de encanto. Allí, encontraron un estrecho y escondido agujero,  donde por las noches se sentaban a contemplar el cielo a través de un inaccesible agujero que había en lo alto de la roca.  Sólo ellas sabían cómo llegar. Era, su lugar secreto y la luna, el único testigo de su amor.

Una noche en aquel bello rincón, algo les rozó delicadamente sus pies.  Miraron hacia abajo y vieron  las dos flores más bonitas que unos ojos habían contemplado jamás. Una era de hermosas hojas blancas con un bello centro de plata . La otra, mostraba orgullosa, llamativas hojas rojas y un hermoso centro dorado. Ambas eran tan suaves que te acariciaban con tan sólo mirarlas. La imagen de las dos nubes, en aquel rincón tan romántico, adornado con esas dos flores, no podía ser más idílica y hermosa.

Las dos nubes y las dos pequeñas  flores gozaron de muchos y muchos días felices. Las nubes se juntaban para regar con amor a sus dos  florecillas y estas crecían felices entre juegos y alguna que otra discusión sobre quién era la flor más bella. Eso si, siempre acababan con sus lindos pétalos entrelazados.

Por cierto, sabéis que  las nubes a medida que crecen y se juntan se van endureciendo y su color se vuelve más oscuro.

Pues llegó un día en que de tan duras que se volvieron las nubes no se podían juntar y la lluvia, dentro del estrecho agujero, no pudieron provocar. Además, al igual que dos piedras al chocar, cada vez que intentaban juntarse saltaban chispas  que caían cerca de las dos delicadas flores de manera amenazante.

Tan preocupadas estaban las dos nubes por sus dos lindas flores que se fueron a consultar al sol, que todo lo sabía. El sol les contó algo que hasta entonces desconocían. Y es que, las nubes, con el tiempo, se vuelven oscuras y duras.

Las nubes contaron al sol su tremendo problema y este, después de meditar, les explicó que si querían salvar a las florecillas debían entrar en el agujero separadas. Las nubes no se lo pensaron dos veces pues lo que más apreciaban en su vida era a aquellas dos lindas flores que hacían, de aquella cueva , el lugar más bonito del mundo.

Así fue como las dos nubes, no pudiendo permanecer juntas en el estrecho agujero, tuvieron,  a partir de entonces, que entrar separadas  para poder regar y contemplar a su blanca y a su roja flor.

Las dos flores no entendían muy bien la nueva situación, pero como seguían viendo a las dos nubes, continuaron creciendo y creciendo. Subiendo y subiendo...





1 comentario:

  1. Un día la nube pensó;

    "la savia joven es valiente y decidida. Estas flores no pararán de crecer. Con el tiempo, el inmenso cielo les parecerá pequeño. Las flores , sin pedir permiso, querran ir "más allá".

    Sabiendo que tarde o temprano cruzarían el límite, la nube partio a explorar y a allanar el camino.

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